miércoles, 20 de febrero de 2013

Despedida


Isabel, una mujer de finos cabellos castaños con destellos más oscuros, atados prolijamente en la nuca con un moño aterciopelado de tonos grises, cuya edad de 45 años, denota que la suya ha sido una vida vivida con un sentido analítico, sin embargo es poseedora de un carácter variable. La razón y la lógica que en sus acciones predominan tienen atisbos de comportamientos por momentos impulsivos…todo parece racional hasta la locura tiene para ella un sentido, una razón de existir…

Casada en primeras nupcias con Manuel, un hombre de prestigio, de profesión contador, en quien encuentra circunstancias y aspectos que ambos comparten en el mundo del derecho, ese que ella vive desde que se graduó de abogada.

En un mundo de valores distorsionados por las costumbres más alocadas, Isabel de ideas conservadoras decide a su pesar un doloroso pero necesario divorcio… ésto produce en ella una cierta confusión de emociones, de decepción y desvalorización, y de una profunda soledad ésa, que se oculta detrás de una pícara mirada que disfraza el dolor con astucia …

Sus ojos de color miel no cesan de recorrer con inquietud todo cuanto la rodea, "fotografiando y escaneando" incesantemente todas las imágenes, todas las luces, todas las sombras que en su afán de conocer y estudiar hacen de ella una competente investigadora.

Su contextura robusta se contrapone a lo tenue de su voz. Isabel al contrario de lo que se pueda suponer es una mujer de pocas palabras pero de compromiso ineludible. Su vida transcurre en el más absoluto anonimato. Como investigadora, el suyo es un trabajo de laboratorio…entre manchas de sangre e impactos de balas construye una y mil veces las escenas de crimen que se suscitan permanentemente en el ejercicio de su profesión. A veces el asesino se confunde con el asesinado…el escenario del crimen se presenta inicialmente de una forma para luego cambiar…hay que volver a empezar, hay que evaluar todas las hipótesis posibles aún las imposibles, el escenario habla…los cadáveres y sus signos vitales también. Todo parece tener una explicación en el trabajo minucioso de Isabel.

Sin embargo su vida daría un giro insospechado: sería otra mujer, se despertarían en ella nuevos instintos…o tal vez sería la otra cara de la misma moneda.

Todo comenzó al conocer una triste noticia…la velocidad que es característica en sus pensamientos hace deshechos de imágenes, de recuerdos…otra vez el vacío y la impotencia la oscurecen y la postergan.

De pronto viaja a Mar del Plata y siguiendo el más descabellado de sus impulsos decide jugar gran parte de todos sus ahorros en una noche nefasta en el Casino. Como en un escenario más, analiza a sus protagonistas…esta vez la vida también llegará a su fin pero con móviles distintos. Luego de un par de horas, encuentra a un personaje de características particulares, que con ironía se le acerca en actitud de conquista y creyendo que iba a lograr obnubilarla con sus cuantiosas apuestas, le dice en un tono travieso “sígueme, yo soy tu hombre de la suerte”. De pelo cano, edad madura, con su mirada intrigante y un poco “molesta” recorre la figura de Isabel en una forma descarada haciéndola sentir incómoda…éste hombre de porte elegante parece ser adinerado y de costumbres muy caras y sofisticadas…”tal vez posea una gran fortuna” pensó Isabel, quien estaba en un día de descontrol absoluto…ella no era una mujer adinerada, sin embargo quería apostarlo todo y creyendo o queriendo creer en las “extrañas palabras” de este hombre, cuyo nombre aún desconocía, decidió seguirlo como si fuera su amuleto de la suerte…pero tuvo una ocurrencia: si él apostaba 100 ella apostaría 1000….

Se abstrajo un momento y empezó a estudiar los rostros de las distintas personas que se encontraban. Se dirigió en primer lugar al sector de máquinas tragamonedas. Eran muy pocos los que estaban allí sólo para pasear…la mayoría acaparaban dos máquinas jugando al mismo tiempo, buscando “las que estaban en un día de suerte”, las que supuestamente los haría acreedores de importantes premios. Se notaba angustia en algunos jugadores, con sus frentes arrugadas y ojos desorbitados ponían todo su empeño por que la suerte estuviera de su lado. Pero todo dependía del azar e Isabel lo sabía…no había fórmulas ni secretos para el éxito…sin embargo ella tenía su propio secreto…esa noticia que había recibido y que endemoniadamente la había transformado en una mujer dispuesta a todo para apostar… aún a perder su casa….sólo pensaba en apostar….Sólo el ruido de las máquinas y el constante bullicio de las fichas…todo conformaba una mezcla de sonidos y colores brillantes y contrastantes en un lugar donde el sol no era nunca invitado….

En un extremo del salón había un café….unas pocas sillas y mesas con manteles de cuadrados blancos y rojos, reúnen a hombres y mujeres sin distinción a ver un partido de futbol por la televisión y a saborear el gusto del café negro con aroma fuerte; entre el humo del cigarrillo ése que se pega en las ropas… ese lugar se convierte así en un habitáculo destinado a los encuentros, la resignación, las amarguras y casi nunca el festejo de un triunfo…

Isabel, trata de pensar e imaginarse a sí misma en ese preciso lugar de juego, piensa en su rostro, en su mirada…acostumbrada a recibir diariamente aviso de la policía o del fiscal de turno, la comisión de un delito, piensa si esta vez la angustia le volvió a quitar el color de su semblante, si el temblor se apoderó de su cuerpo, si la opresión que siente en su pecho se disipará…extrañamente la noticia que recibió esta vez no la asimila…sólo una reacción ante semejante impacto…el deseo de jugarse todo, el desafío, el descontrol…sólo jugar sin llegar, si cabe, a “ disfrutar” con ello. Tal vez busque un castigo, una razón para sufrir, tal vez quiera perderlo todo para terminar de enloquecer…no encuentra respuestas ni razones, raro en ella que siempre encuentra una explicación para todo en su profesión.

"¡Isabel!” la llama éste hombre, jugador empedernido…pero ¿cómo sabe su nombre? ¿en qué momento se lo hizo saber? Siente miedo…piensa si es posible que haya perdido el juicio o tal vez sólo sea el susto, el impacto, le dolor y la sorpresa que jamás sintió…”es probable que le haya dicho mi nombre” pensó y se extrañó por no recordarlo. Nunca bebía, sin embargo fue a comprarse un whisky, el más caro, ella desconocía sobre bebidas alcohólicas. Con el vaso en la mano y como si el beber la impulsara, se acercó a la mesa de juego y le preguntó el nombre al jugador que recién había conocido… “mi nombre es Joseph…” La desconcertó…no tenía aspecto de extranjero …

”No te olvides, soy tu hombre de la suerte”, hecho este comentario, se sintió más aturdida. Se escuchaba música que provenía del segundo piso, en donde estaban ofreciendo un show con el cantante de turno…se encontró con la mirada de Joseph, vio su mano con la que apostaba su dinero, ella hizo lo suyo, palpando cada ficha que apostaba, sintiendo que se despedía de horas interminables de trabajo…era su dinero el que había ganado con tanto esfuerzo…no le importaba… Se dio cuenta que nunca creyó que Joseph fuera su hombre de suerte sin embargo su desparpajo en cierta forma la cautivó y no pensó en volver a separarse de él. No entendía bien qué le llamaba su atención, tal vez la imaginación que tuvo para acercársele, tal vez estaba en compañía de alguien que realmente pensaba era su suerte. No había tiempo para el análisis, si reconoció que esta figura era característica en un lugar como ése. Isabel pensó que si otras hubieran sido las circunstancias ella nunca se le hubiera acercado. Tal vez tenían algo en común…la fatalidad, ser presos de la misma locura…

El hombre ganaba y ella lo seguía y ganaba también…

No siendo fácil precisar el tiempo transcurrido Isabel gana la cifra de un millón de pesos…

“Es hora que nos retiremos” le dijo Joseph. No entendía lo que estaba sucediendo, nunca había tenido mucho dinero y esa suma la petrificaba, no sabía por qué pero sentía el dramático anuncio de otra muerte…el desasosiego que estaba viviendo la desencajaba de cualquier estructura, sólo sentía su cuerpo suspendido en el espacio, como un títere manejado por sus hilos, ella que muy poco conocía de ruletas y bancas se manejó como una experta en el juego y ganó…no había sin embargo felicidad en su mirada, en realidad, ella había ido sin saber a perderlo todo, su casa, su trayectoria, su prestigio, su vida. No le cabía ninguna posibilidad de triunfo, no lo buscaba, sólo quería perder…perder más todavía.

De pronto recordó a Alberto…cómo lo conoció…sus largas charlas…sus reproches porque no se veían seguido, su generosa disposición a ayudarla en todos sus momentos, su capacidad para escucharla…Recordó cuánto lo amaba en silencio, conociendo la agonía y el sufrimiento por ser imposible y a la vez la había enriquecido tanto y el placer de amar, pero él nunca lo sabría, ni él ni su esposa Carmen, su mejor amiga…Recordó así el tono de su voz…entre ronca y grave pidiéndole infinidad de veces encontrarse y compartir el más puro sentimiento de amistad…ése que ella inspiraba en él…En ese momento pensó en lo injusto y doloroso que había sido todo, y se quedó con la mente en blanco y sin saber qué hacer, empezó a llorar sin consuelo…

Joseph no entendía qué le pasaba…notó sí que su llanto no era de alegría y que Isabel nunca dejaría de llorar aquélla noche…sintió curiosidad por ella, no ya con afán de seducción…sintió necesidad de protegerla y averiguar por qué su llanto expresaba tanta angustia…El estaba acostumbrado a ganar y a perder y sabía que para Isabel ésta era su primera experiencia…la gran experiencia de su vida y no vio ni un signo de alegría en ella…un gran pesar había en sus ojos que habían perdido su habitual picardía. La tomó de la cintura y la acompañó a buscar su premio, quiso abrazarla…no pudo. Se ofreció a acompañarla al hotel. Isabel no quiso. Tan pronto como se despidió de ella, la vio alejarse en su auto a velocidades extremas. Pensó en que le gustaría que lo llamara al día siguiente. El creía en la suerte y en el destino, sin embargo algo le decía que no volvería a verla…sólo conocía su nombre y sin embargo le gustaba tanto.

Isabel llegó a la habitación del Hotel…seguía obsesionada pensando en Alberto pero había dejado ya de llorar…ni siquiera había recordado su premio, sólo buscaba y buscaba y no encontraba… al fin recordó donde había guardado sus somníferos. Decidió escribir una carta a su amado…sólo le pedía perdón por no haberlo acompañado en su último respiro…en ese preciso instante se dio cuenta que un millón de pesos no le devolvería la vida a este hombre. Desparramó con rabia todo el dinero por el suelo, le quemaba las manos….sintió así un cierto desahogo sin embargo como una autómata fue al baño a buscar un vaso de agua y se sentó en la cama con su frasco de pastillas.

Al día siguiente encontraron su cuerpo sin vida sobre el dinero y con la carta en la mano…había buscado la muerte y la encontró…

(este cuento fue escrito siguiendo una consigana de Chejov: "una mujer va al casino, gana un millón de dólares y se mata..".)

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Salvatore Donadío

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